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Coño sin estrellas

Ya no hay contracciones en mi vulva cuando me folla, ni pedazos de electricidad recorriéndome la piel por sus caricias. Sus besos saben a humo sin historias, a alcohol sin penas; sin gozo ni fiesta. Estrujarme el trasero en su bulto me es tedioso, sacudirle el pito hasta que escupe semen me cansa la mano y la libido. ¿Seré una vieja sin estrellas en el coño?

Recuerdo cuando le até a una silla, me puse a cuatro patas sobre la cama delante de él y comencé a mover las nalgas como vil zorra. Me abría la carne con mis propias manos y le ordenaba escupir su saliva viscosa con puntería, la quería resbalándome en el ano. Con palabras obscenas buscaba la dureza de su verga sin caer en la tentación de hundírmela hasta el fondo, aunque nunca pude resistir mucho tiempo con aquella juventud encima.

Cuando por fin me vi saltándole en el falo con mis tetas rebotando en su cara, me sentí una gran puta; su rostro suplicante me alimentaba el ego, me erizaba los pezones y me hacía sudar del culo, y claro, también del coño y de todas partes. Lo dominé mientras pude, las ataduras en sus piernas y brazos no soportaron mucho tiempo. Quizá dejé los nudos un poco flojos a propósito para que se desatara como tigre, me tumbara con furia en el suelo y me follara el culo como bestia. Siempre recordaré aquella vez y muchas más con cachonda nostalgia.

En mi noche fría desde mi ventana, veo a una señorita como de quince años andando por la calle en compañía de su madre. Pienso, que seguramente, ella goza más con su pequeño dedo en el coño que yo con el gran garrote de carne que tengo en casa. Ojalá pudiera raptar a esa pequeña incauta sin riesgo de ir a prisión. Ojalá pudiera abrirla con un cuchillo desde la vagina hasta la cabeza, beberme su sangre virginal y dormir pensando que Elizabeth Báthory tenía razón.

Tal vez así, al despertar con el coño más mozo que ayer, me armaría de valor para ir en busca de un mejor nabo… o del valor para volver a gozar como puta.

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Sexo en la ducha (Parte II)

La dejé escapar de mi lujuria arrojándola a la cama. Con su nuevo juguete insertado en el culo parecía más hermosa que nunca y ardía como siete infiernos juntos con el fuego más primitivo en sus calderas. Perdida en la lujuria, se golpeaba su blanco trasero con la palma de su mano. Succionaba el dildo con su ano estrecho, gateando como gatita tierna. Su vagina derramaba jugos gota a gota como reloj de arena repleto de líquido hasta caer en las sábanas. La cara de mi hembra reflejaba lascivia y dulzura, imploraba con sus gestos por mi pedazo de carne hundido en sus entrañas. Pero incapaz de articular cualquier palabra  por su agitado placer, debía recurrir a la mirada suplicante, a abrirse el coño con sus dedos y a extender sus largas piernas invitándome al deleite.

Sujetando su barbilla le levanté el rostro con mi mano, le acerqué mis labios a su boca y, sin tocarle, me bebí todo su aliento cálido. Mis manos se clavaron  en sus omóplatos a la par que introducía mi pene hinchado en su vagina. En un abrazo ardiente unimos nuestros cuerpos entre jadeos. Tirada boca arriba y con el culo ensartado, me abrazó con sus piernas por la cadera para recibir toda mi erección en su vagina. Sus ojos se llenaron de placer, su boca se abría como emitiendo sonidos, pero solo escapaban de ella suspiros silenciosos.

-¡Joder! Que coño tan más caliente. Le susurré al oído recibiendo por respuesta una sonrisa y un apretón delicioso en mi garrote con su vulva.

-Que rico pito… papi. Me soltó en la oreja, para después tomar mi lóbulo con su boca y morderlo suavemente.

Comencé a bombear en su coño con todas mis fuerzas. Su apretado ano no dejaba escapar ni un centímetro de su preciado juguete, y su coño hinchado me succionaba más y más el falo. Mis bolas rebotaban en la base del dildo que yacía hundido en su culo, provocándome menos placer que si chocaran en sus nalgas, o en dado caso, en su vulva; sin embargo su caliente almeja dotada de un feroz aguante a punto de correrse me proporcionaba tanto placer, que jamás pensé en salir de sus dominios. La cama rechinaba víctima de nuestro acoplamiento carnal, el sonido acuoso de nuestras carnes empapadas chocando nos invadían los tímpanos acompañado por nuestros gemidos.

-¡Ah! ¡Fóllame papi! ¡Rómpeme el coño!… Gruñía mi dulce puta a mí oído sujetando con recelo mi espalda. Encajando sus uñas en mi carne me retaba a embestirla con más fuerza. Salí casi por completo de su coño y en menos de un segundo le penetré cuatro veces. El dildo escapó unos centímetros de su culo ante su rendición, al momento su vagina liberó una cantidad de jugos transparentes con presión, que vinieron a chocar en mis pelotas mientras salía de ella para darle luego las últimas embestidas. Después de unos segundos en su interior con mi frenillo a punto de romperse, decidí salir de entre sus piernas. Sin perder tiempo y aún con el orgasmo recorriendo el cuerpo de mi amada, acomodé sus nalgas apuntando al techo y abrí su culo. Sí… con su juguete nuevo.

-¡Ah! ¡Maldito me encant… ah! No pares… Déjame el culo bien abierto, be..bé…

Nunca antes me había dicho maldito aquella preciosa y ante tal palabra que ciertamente iba a la perfección conmigo y la posición en que estaba, solté mi dedo hasta el fondo de su ano y lo doble hacia arriba rompiendo unos cuantos tejidos de carne. La chica mordió las sábanas, pero no retiró el culo, sino que lo aventó más hacía mí pidiéndome su castigo como una gatita dócil. Quería el culo bien abierto y no había placer más grande para mí en ese momento que escuchar su voz cortada por gemidos pidiéndome tal cosa. Saco mi dedo de aquel culo de un solo golpe y me monto en aquella espalda blanca para besar su lunar, beso su cuello y limpio su oreja derecha con mi lengua, babeo su nuca y respiro hondo en su cabello. Mis manos se deslizan a sus caderas para apretar como si
quisiera arrancar pedazos de su carne. Rodeo su cintura con ambas extremidades como si fuesen serpientes hasta llegar al monte de venus y bajar así a su clítoris.

Mi hembra perdía el sentido ante la magnitud en que la masturbaba y casi se doblaba para dejar caer su culo exhausta, pero no lo hizo. Mantuvo su cola erguida chocando con mi glande y me soportó encima de su espalda. Me enorgullecía cada vez más y más de aquella puta mía por tal fortaleza, no podía esperar para premiarla con una buena dosis de orgasmos, pero debía castigarla; castigarle el culo una y mil veces más, aunque ciertamente castigarle el culo no sería un castigo para ella.

Paré por fin ante la amenaza de otro orgasmo de mi gatita y me decidí a romperle el culo otra vez, puse mi glande en la puerta de aquel ojete dilatado y empujé suave abriendo la diana cinco veces más que con mi dedo. De inmediato mi glande se va abriendo paso en el culo mojado al que lo dirijo. La cara de mi nena va a dar a mi colchón después de introducir mi falo entero, sus nalgas sin embargo siguen al pie del cañón y no se mueven ni un milímetro de su posición erguida y dispuesta para recibir toda mi verga.

-Que delicia de culo tienes amor… Le gruñí en el lóbulo.

-Es tuyo mi amor, rómpeme mi culito, dame duro y ri… ¡HA!…

Sus gritos inundan la habitación llena de lujuria e impregnada de sexo al momento que dejo caer mi cuerpo en sus nalgas, enterrando así mi verga hasta la mitad y logrando por primera vez vencer la resistencia de aquel culo fuerte que termina rendido ante mi pito palpitante, dejando mi amada recostada boca abajo en mi colchón con mi garrote hundido en su ano. Comienzo a moverme sobre sus nalgas sujetándome de sus brazos, cada vez que muevo mi cuerpo hacia adelante mi nabo entra más y más ante sollozos de placer.

-¿Sabes qué es lo que más me gusta de tu culo? -Le gruño en la oreja mientras sigo penetrando aquella cavidad prohibida y apretada que palpita y palpita sin descanso ante mis embestidas.

-…

-¡¿Sabes qué es lo que me gusta de tu culo? -Grito ante el silencio de la hembra que más que preocuparse por hablar se preocupa por respirar y por soportar el dolor de mi verga enganchada en lo profundo de sus entrañas.

-¿Qué… Pa..pi…to? -Gime apenas con fuerzas suficientes para expresar aquello.

-Que es mío.

Al momento de decirlo dejo caer entero el peso en un único punto concentrando así todas mis fuerzas en mis caderas y hundiendo mi falo entero en su culo. Ella araña las sábanas y hunde su cara en el colchón ahogando así sus gemidos. Ella pierde el conocimiento en un montón de orgasmos que explotan en la habitación como estrellas sin orden…

Despierta y está en mis brazos que la sujetan por debajo de sus rodillas y por su espalda. Su culo no deja de chorrear el semen que desprendí hasta sus entrañas.

-Papito… Quiero más.

Mi verga se pone dura otra vez ante aquellas palabras.

Erotismo_Sexo_Amor.

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¿Recuerdas cuando no éramos niñas ni adolescentes?

Sobre tu pijama rosa frotaba mi trasero con vehemencia, en las madrugadas cortas que yacía contigo. Me desnudaba por completo ante tu actitud pasiva de primera vez. Mamá y papá dormían en silencio, pero a veces acompañaban nuestra lascivia con sus gemidos; Mamá gritaba que le encantaba aquel gran falo bien metido en su coño pensando que nadie escuchaba. Nos elevaba la libido con sollozos sucios pensando que follaba con papá en habitación aislada.

Nos hacía fantasear con ser las hembras sometidas… por papá, por tío Bernardo, por el viejo despreciable de conserjería y por cualquier torso viviente que entre sus piernas, o en dado caso; entre sus muñones, tuviera un pedazo de carne para nuestros dulces coños. Crecimos juntas entre sábanas, las mejores amigas en el día que los fines de semana  cuando la luna salía, se convertían en amantes; somos nosotras.

Una tarde cuando asistíamos a la universidad, tuvimos por fin el sexo masculino entre las piernas. Pasamos por muchos nabos con los labios, el coño y las tetas. Pocas veces nos metimos carne por el culo, eso solo pasa cuando estás enamorada, decían las barbies de la facultad, y en efecto, solo pasaba entre nosotras dos. Tú y yo como las mejores amigas, nos contamos todo. Nos revolcamos húmedas en nuestros secretos y nos tragamos los prejuicios por el coño desde pequeñas.

Hoy, con champán en los senos escribo estas líneas para el blog de un tierno enfermo que encontré en la Web. Todo mundo sabrá nuestra historia, o eso espero…

Nadie jamás, sabrá nuestros nombres.

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Fotografía:Martin KOVALIK

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Manjar.

Comerte lamida a lamida con la lujuria que me provocas, sería razón para hacerte morir en uno, o mil orgasmos. Noche y día, noche y día mi alimento entre tus piernas, goteando como reloj de arena tus jugos medirían lo restante.

¿Cuánto tiempo amor, podríamos vivir con tu sexo en mi boca? ¿Morirías de hambre mientras comes mi lengua por tu vulva?

Pongo un dedo en tus labios para que comas mi carne. -Comes.

-De tu manjar, prohibido, se derrama saliva, jugos, lujuria; el placer y el paraíso.

Pongo mi falo en tu garganta para morir eyaculando en un sesenta y nueve; gimo agonizante. -Succionas.

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Fotografía:Martin KOVALIK

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Sexo en la ducha. (Parte I)

La sorprendí en la ducha, su piel mojada brillaba como porcelana en una cascada. La sorpresa de mi hembra fue color rojo en sus mejillas cuando se vio descubierta a la mitad del masaje. Segundos antes, su mano derecha sostenía el jabón que le limpiaba firmemente el culo; el ano rosa y brillante que desde luego no necesitaba más jabón. La mano izquierda estiraba los labios carnosos de su coño empapado, a la par, masajeaba su clítoris con el interior del pulgar. Ella era una maestra en el arte de la autoestimulación que desde temprana edad aprendió a satisfacerse sola. Y yo, era el único elegido que podía disfrutar de aquel espectáculo.

Entré cansado a mi hogar después de un largo día, necesitaba su sonrisa y la llamé en voz alta desde la sala sin recibir respuesta. El regalo que le había comprado se sacudía, a mi parecer, entre la caja negra que lo contenía. El sonido de un charco de agua chocando contra otro llegó a mis oídos al acercarme al baño. Había dejado de llamar en voz alta y pude cerciorarme sigilosamente de lo que pasaba en la ducha. La puerta estaba semiabierta, eché un vistazo por la ranura mientras escuchaba aquellos sonidos… y pude ver. Los gemidos de mi hembra se ahogaban al chocar con sus dientes que prensaban su labio inferior. Aquello no era casualidad, esa situación estaba sutílmente planeada para mí, sospeché.

Me sujeté el bulto entre mis muslos; lo acomodé a un lado y abrí la puerta para entrar a ver de cerca el juego. Mi amada estaba de pie bajo la regadera, con sus piernas abiertas. Acariciaba su coño con la mano y su culo con el jabón, engañaba a los fantasmas que creían se enjabonaba. Cuando presintió mi mirada volteó sonrojada, coqueta y sonriendo me enseñó sus grandes tetas al sacar el pecho y se insertó dos dedos en la pucha mirándome a los ojos. El jabón cayó, y por suerte, se deslizó en el suelo hasta mis pies. Acto seguido se frotó el trasero mordiéndose los labios y cuando el agua resbalando por su cuerpo dejó su ano sin jabón, se acercó a mí.

-Hola papito. Murmuró, eróticamente.

Me puso el culo en el bulto mientras se agachaba por el jabón, pero no lo recogió. Se quedó ahí con sus nalgas abiertas delante de mí. Con sus manos se apoyaba en el suelo como una gatita gimnasta. Yo no retrocedí ni un milímetro y sin deseos de hacerla esperar saqué mi verga hinchada por mi bragueta para frotársela en el culo.

-¡Ay papi! Te estaba esperando… a ti y a tu verga. Pude imaginar la cara de pilla, de putilla golosa y de niña traviesa que puso al decirme aquello entre risitas. Desde arriba solo veía su culo palpitando delante de mi glande, su espalda blanca dirigiéndose hacia el suelo como montaña rusa de bellas curvas, y su cabello mojado casi tocando el suelo. Entonces pensé lo preciosa que es mi hembra desde cualquier ángulo.

Azoté su trasero con ambas manos al mismo tiempo repetidas veces, ante sus gemidos pidiéndome más. Dejé mi marca en sus nalgas y la sostuve del vientre para ayudarla a levantarse. Su culo, nunca soltó la cabeza de mi falo. A penas sentía su ano despegarse de mi glande, mi nena echaba su trasero hacia atrás buscando el contacto. Y yo, movía mi cadera hacia adelante buscando su cola. Sus grandes tetas mojadas fueron invadidas por mis manos, entre mis dedos asfixiaba sus pezones mientras amasaba la carne de sus pechos. Sentí la dureza de aquellos botoncitos pálidos, sentí la dureza invadir mi pito cuando mi hembra movía su culo sobre mi garrote.

Cuando me vio desprevenido gozando de su ano, me tomó del tronco con sus manos, me condujo a la regadera con aires de cazadora. Al unísono nos fundimos en abrazos y caricias, mi boca en sus labios era un puente para penetrarla con mi lengua; su boca abierta como un abismo recibía complacida mis caricias. Su lengua resbalaba sobre la mía, el agua caliente que caía nos llenaba la boca y nos calentaba la saliva, el cuerpo… y el sexo.

Mi camisa mojada se deslizó sobre mi torso y mis brazos, con la ayuda de sus manos hábiles. Ella era una flama encendida quemando mi piel, se pegó lo más que pudo a mis células y friccionó con toda su fuerza su carne en la mía. Yo era un espectador complacido, quice esperar y gozar la impaciencia de mi hembra, su ansiedad descarada, su sexo hinchado calentándole el cuerpo, sus ganas de ser follada bajo la ducha, de hacer que su hombre eyaculara entre sus nalgas, en sus grandes tetas, en su cara, en su vulva, en su boca, o quizá… en su espalda.

Sin más deseos de esperar y ansioso de cogerla ahí mismo, tomé su pelo para enredarlo en mis dedos. La sujeté firmemente mientras cerraba la regadera y le hacía salivar con mi lengua en su campanilla. Suciamente, como buscando el vómito de una enferma que desea regresar la comida, le penetré hasta la garganta con mi lengua. Sus ojos se lubricaron al sentir mi trozo de carne al fondo de su boca, pero no retrocedió. Abrió más sus labios forzando su mandíbula y me ofreció el interior. Le escupí dentro, le llené de saliva y ella hizo lo propio; salivó tanto que nuestra baba nos escurría por las hendiduras, estaba lista. Salí, jalé su coleta y empujé hacia abajo hasta lograr arrodillarla. Sosteniéndola como a una perra amarrada que no encuentra su hueso, dirigí su cara hasta mi verga erecta.

Con un jalón a su coleta le indiqué desabrochar mi pantalón, con otro más, bajar mi bóxer y… no hizo falta un jalón más; cuando mi pito mojado salió de su prisión de inmediato se lo llevó a la boca. Me deshice de mi ropa en los tobillos y gruñí al sentir un mordisco. Mientras mi hembra succionaba la punta de mi verga para ordeñar mi leche, jalé su coleta hacia abajo para inclinar su cabeza hacia atrás. La tomé de la nuca y le hundí toda la carne gorda de mi garrote en su boca, llegando así más profundo de lo que llegó mi lengua.

-No vuelvas a morder mi amor… Yo te trato bien. Solté por los labios mientras le miraba fijamente a los ojos, acto seguido le follé la boca como semental empalmado. Entré y salí las veces que me dio la gana, mis pelotas aplaudían al chocar en su barbilla fina y sus mejillas se estiraban de una en una al recibir las embestidas de mi glande. Me movía de izquierda a derecha, de arriba hacía abajo y viceversa. Su paladar era liso como un azulejo recién pulido, pero caliente y húmedo como carne en agua hirviendo. Su lengua me acariciaba el tronco hábilmente con ternura y de vez en vez me golpeaba con desprecio en la cabeza de mi pito. Su cara de golosa me pedía semen, no hacía falta escucharla sino solo verla; solo ver sus ojos brillantes y retadores sosteniéndome la mirada. Los cerraba solamente cuando las arcadas eran tan grandes que tenía que concentrarse en abrir la garganta como una puta maestra, y así lo hacía.

Con solo ver sus mejillas rojas y su boca abierta lo más posible, podía saber que lo estaba disfrutando tanto o más que yo. Sus labios llenos de sangre tenían el mejor labial del mundo, su sangre no se corría nunca ni había que aplicarse ese rojo tan intenso frente a un espejo. Hacía falta con que sus labios apretaran mi verga para que se tornaran de un delicioso color sangre.

-¡Ah!… Sí que sabes como sacarme la leche.

-Ummmmm. (El unico sonido de mi amada eran gemidos ahogados y el sonido de una boca sedienta mamando verga).

-Me correré, putita… ¡Ah!

Ante semejante mamada gruñí como bestia y mis bolas se contrajeron. Senti la carga de mi orgasmo recorriéndome el garrote y subiendo hasta mi cabeza, bajando a mis muslos y llegando con poca fuerza a mis pies. Electricidad, energía, o quizá ninguna de las dos ¿Qué importaba? Chorros y chorros de mis mecos bañaban la lengua de mi dulce puta privada y su cara. Ella sonreía con el baño de leche y sostenía mi pene en sus manos, para asegurarse de que no lo retiraría hasta haber derramado la última gota.

-Que deliciosa leche le das a tu putita papi. Pronunció sonriéndome y sosteniéndose las tetas, mientras seguía de rodillas con su lengua lamiéndole la cara en busca de cuanto semen encontraba, escurriéndole en el rostro.

-Ponte de pie mi cielo, que tengo un regalo para ti. Sujeté sus manos mientras se levantaba y cuando estuvo frente a mí le di un beso profundo en la boca que aún le ardía. Le sonreí mirándola a los ojos y acaricié su mejilla.

-Ahora vengo mami.

No tardé ni dos minutos en volver con un paquete en mis manos. Al verlo se quedó plasmada de curiosidad mientras se frotaba las tetas. Lo abrí de una y disfruté su cara de glotona al ver aquel regalo. Su risa coqueta y sus labios siendo mordidos por sus dientes me pusieron la verga dura otra vez. El nuevo dildo de mi hembra era color rosa, de gran tamaño, con texturas curiosas en el tronco y un botón curioso en la base.

-¿Qué es eso papi? Me dijo juguetonamente haciéndose la inocente.

-¿Es un avionsito para mami? Preguntó otra vez con mucha gracia antes de poner cara de niña enfadada y chuparse el dedo índice con ternura.

-¿¡Qué no miras mi pucha papi!? Exclamó eroticamente levantando la voz. Mientras se estiraba los labios enseñándome la vulva hinchada y rosa.

-Mami no juega con avionsitos, las niñas nos jugamos con avionsitos. Y aunque es bonito, ese avioncito no tiene alas.

Ante sus juegos divertidos y cálidos no pude dejar de sonreír divertido antes de contestar.

-Tranquila mi niña.

-Ven conmigo que te enseño como jugar con tu avionsito, te prometo que volarás.

-Vale papi. Murmuró con voz de bebita y haciendo pucheros.

La llevé a la recamara y la recosté boca abajo sobre mis piernas, como a una niña mal portada que recibirá azotes en el culo. La diferencia era, que mi hembra estaba desnuda y con el ano caliente, sudándole tiernamente y dejando aroma a culo limpio cuando le habría sus nalgas. Su vagina hinchada estaba a punto de correrse con tan solo una caricia de mis manos, de mi pene o de mi boca. Escurría jugos y jugos que me empaparon elegantemente los muslos.

-¿Así se vuela papi? Preguntó casi sin aliento por estar tan excitada.

-Así putita. Respondí, mientras mis ojos se oscurecían.

Al tiempo le hundí el dildo en el culo de un golpe, logrando que su sudor salpicara un poco más allá de su ano y escurriera hasta su vulva. Presioné el botón curioso de la base dejándolo donde el nuevo juguete de mi párvula se sacudía más.

-¡Ay papiii! Despegué de golpe… Gritó sin fuerzas y respirando agitadamente.

-Voy a follarte el culo con este juguetito, después lo dejaré dentro de ti para follarte el coño con mi verga a la vez que aprietas el ano y la vagina… Vas a ver que volaremos alto, muy alto mi amor.

-Ummmmmmmmmm.

No pudo contestar más, solo movia su cola pidiendo piedad, pidiendo que parara y que no parara, pidiendo que le penetrara con mi verga de una vez. Yo le hundí el dildo más y más y comencé a follarle el ano sin compasión. Se retorcía de placer, gemía y respiraba como una puta dulce.

Estaba lista para ser follada por mi pito…

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A tu disposición (Relato II)

-He venido a estudiar, no entiendo el último tema. –Dije en el umbral de tu casa.
-Te explico, no hay problema.
-¿Tienes tiempo para mí?
-Siempre tengo tiempo para ti, entra.

Subimos las escaleras, nos dirigimos a la sala. Abriste tus libros en el comedor y comenzamos a repasar palabra por palabra. Pasaron las horas, nos fastidiamos a la vez que me enseñabas procedimientos inútiles de matemáticas. Es agradable el ambiente contigo, me desenfadas, me siento cómoda, y ahora, que ya he comprendido, supongo que me voy.

-Oye, ¿Podrías afinar mi guitarra otra vez? -Fue mi excusa estúpida para pasar un momento más acompañada. Entramos a tu cuarto; nos sentamos en la cama, te paso la guitarra y observo detenidamente cómo lo haces, tu rostro estaba serio, pero transmitía la misma paz de siempre. Tu cuarto olía a ti, un aroma embriagante, que me dejó desconectada hasta que escuché tu voz.

-Ya está. Toma. –Tendiste el instrumento hacia mí.
-Gracias, bueno, ya me voy.
-Está lloviendo, quédate, hay que hacer algo… Además es muy tarde para que te vayas sola.
-Puedes llevarme a mi casa si quieres.
-No, quédate a dormir, me da miedo estar solo. –Mencionaste con súplica.
-Ya no tienes 6 años, puedes dormir perfectamente sin nadie.
-Si mis papás regresan y encuentran mi cuerpo sin vida va a ser tu culpa.
-¿Y qué se supone que le voy a decir a mi mamá?
-No sé, inventa cualquier cosa.
-Ok… Préstame tu teléfono.

Llamé a mi casa, respondió mi hermano. Dijo que mamá no llegaría esa noche, estaba donde mis tías que habían venido de visita, así que no hubo problema.

-Eres un idiota con suerte.
-Ya lo sé. –Sonreíste.

Has puesto una película, apagado la luz, y el tiempo se ha ido volando una vez más. Como es tu costumbre seguiste jorobando hasta que el filme terminó. Hora de dormir, un par de velas iluminando la estancia. Era más de la 1 de la mañana. No tengo sueño, y sé que tú tampoco. Comenzamos a hablar de trivialidades recostados en tu cama, cayendo poco a poco en temas personales muy íntimos. Somos adolescentes, el morbo poco a poco se apodera de nosotros.

-¿Qué me harías, corazón, si un día me tuvieras completamente a disposición tuya? – Pregunté lo más sensualmente que pude, incorporándome sobre mis codos. Me miraste severamente, pero contestaste con desenfado…
-Te pintaría las uñas, te dibujaría estupideces en la cara, les tomaría fotos y las subiría a internet.
-¿Ah sí? Qué creativo eres, por un momento pensé que…-Y entonces me interrumpiste con un beso.
-En este momento te tengo completamente a mi disposición ¿Te gustaría saber qué te haría?

Ni siquiera me dejaste responder. Seguiste, nos besamos pausada, pero constantemente; en un arranque de deseo y lujuria por parte de los dos. Poco a poco, terminé recostada de nuevo, ahora contigo sobre mí. Tus manos y labios se aventuraron a tocar más allá…Sentí tus besos en mi cuello, hombros y clavículas. Bajaste el cierre de mi sudadera para descubrir que no llevaba otra cosa puesta más que el sujetador, contemplaste brévemente mi cuerpo, buscaste mis ojos, y de nuevo nos hemos vuelto a besar. Me despojas con suavidad de la primera capa de ropa que has abierto. Invertimos posiciones, te quito la playera, dejando completamente desnudo tu torso; te empujo hacia atrás, ahora te domino yo. Dejo un rastro de besos húmedos a lo largo de tu cuello, pecho, abdomen, repartiendo a la vez mordidas por todo tu cuerpo, mi cabello hace cosquillas en mi recorrido. Me detengo en el filo de tu pantalón. Te sonrío con lascivia al notar el pequeño bulto que crece dolorosamente ahí dentro. Vuelvo a subir, me abrazas y nos recostamos de lado, frente a frente, restregando nuestra piel desnuda.

-Te quiero. –Me dices entre jadeos.
-Yo también. –Te respondo con el rostro encendido de vergüenza. – ¿Hasta dónde…vamos a llegar?
-Hasta el final…si me lo permites. –Dijiste dubitativo, sin despegar tus ojos de los míos.
-¿Estás seguro?
-Nunca había estado más seguro de nada.

Hubo algunos segundos de silencio, en los cuales inspeccionamos nuestras miradas, reflexionando, pidiéndonos permiso…Enredé mis dedos en tu melena, regalándonos otro beso con deleite, estrujando nuestras carnes una vez más.
Desapareciste mi sujetador, lanzándolo lejos, ahora, estamos en condiciones iguales de la cadera hacia arriba. Tomaste mis pechos entre tus manos, masajeándolos con vehemencia y suavidad al mismo tiempo…Atrapaste un pezón con tu boca, arrancándome el primer gemido de la noche.

Repartes caricias, besos y lametazos. Mi cuerpo se contorsiona debajo de ti. Los suspiros se a galopan en nuestra garganta. Mi estómago da un vuelco, me siento tan débil, tan indefensa desde esta posición…Tus manos se cuelan a mi trasero, bajándome el pantalón y la ropa interior, te ayudo a retirarlos levantando mi peso; los has tirado al suelo. Desabrocho tu cinturón, el botón y el zipper, dando espacio y alivio a tu miembro palpitante. Con mis piernas deslizo tu pantalón hasta sacártelo por completo. Gateas hacia mí, que estoy sentada ahora, recargada en mis brazos estirados, enredamos nuestras lenguas con desesperación. Deslizas tus manos en mis piernas, sintiendo con detalle cada centímetro de mi piel.

-¿Vas a dejarme ver tus lunares? – Preguntas con una voz ronca, sexy, con tus ojos entrecerrados, examinándome.
Ladeé mis piernas, dándote una vista panorámica de mi muslo y nalga derecha. Pasaste la punta de tus dedos sobre él y enseguida sentí un mordisco en el mismo sitio.

-¿Estás nervioso?
-Sólo un poco. –Te estiraste para abrir un cajón de tu mesita de noche, sacas un preservativo y lo vuelves a cerrar, sentándote a un lado de mí.
-No te preocupes, yo tampoco tengo mucha práctica. –Tomé el paquetito de aluminio de tus manos, lo abrí, te recosté, bajé tu bóxer, apreté con mis labios la punta de la funda de goma, acercándome a tu sexo…posicioné el aro de goma en tu glande, empujando hacia adelante con mi boca, escuchando un suspiro de tu parte, a la vez que retiraba tu ropa interior por completo, hasta que quedó puesto correctamente.

-Joder, eso no es justo… -Dijiste cargado de placer y expectación.
-No, no lo es…-Tu cara cambió cuando rodeé tu cadera con mis piernas, y lentamente introduje tu virilidad dentro de mí, soltando un quejido de incomodidad, e inmenso placer juntos.

Mis piernas flaquearon, perdí la fuerza en mis extremidades debido a la invasión. Puse mis manos en tu pecho para darme soporte, y moverme despacio sobre ti, moviéndome lo más acompasádamente que pude. En tu rostro podía ver gozo, deleite, satisfacción. Tus labios entreabiertos, leves jadeos quemando tus pulmones, y yo haciéndote sufrir a propósito, alentando mis movimientos.

-¡Mierda no me hagas esto! –Invertiste posiciones abrúptamente, sin salir de mí, encontrando nuestros labios una vez más. Abracé tu cuerpo con mis piernas, me aferré a tu cuello, y ahora tú tienes el control, embistiendo con furia, una mano en la cama y la otra entrelazada con la mía.

Tu respiración choca con mi cara, mis gemidos se pierden en tu oído. Las sensaciones son desgarradoras, sin querer araño tu espalda. Resuena entre el silencio el sonido de nuestras caderas chocando con brutalidad. Veo borroso, trato de divisarte en la escasa luz, tocas ese punto que me hace tocar el cielo, mi cuerpo se curva….

-Ahh…mmm…ahh~ ahí…
-¿Te gusta? –Tus jadeos entrecortan tu voz.
-S…Ahh sí…

Tomas mis piernas por la parte interior de las rodillas, y las elevas hasta tus hombros, poniendo a prueba mi flexibilidad, llegando más profundo, las sábanas se llenan de sangre, partiéndome a la mitad con cada estocada que das. Tu cuerpo perlado en sudor, tus músculos remarcados por el esfuerzo, el sabor de tu esencia en mi boca son la imagen perfecta, más excitante…no te detengas…

-Ahh…ya casi. –Gruñiste.

Te detuve en el acto, tomé tu miembro con mi mano, retrasé tu orgasmo con la yema de mi pulgar cuando estuviste a punto de derramarte. Retiro la funda de látex que te envuelve. Los espasmos abandonan poco a poco tu cuerpo. Nos tumbamos frente a frente de nuevo, te doy un beso muy ligero, para después cambiarme de sitio. Acogí tu sexo en mi boca, escuché un ronco gemido de tu parte tensándote por completo. Degustando cada punto, en toda su extensión, succionando y lamiendo con ahínco, mi cabello juega en tus piernas y abdomen, tus suspiros salen descaradamente. Sin aviso, te corriste, dejando como prueba un amargo sabor…pero que para mí podría ser el más dulce…Me buscas, limpias la comisura de mis labios donde aún hay rastros de tu semilla, me abrazas y nos besamos acaloradamente. Separas mis piernas, tu lengua en mi intimidad…me haces estremecer, los escalofríos inundan mi cuerpo. Tocas mis piernas, glúteos, abdomen y pechos mientras me estimulas. Hundo mis dedos en tu pelo, el contacto es sofocante, pierdo la noción de mí. Sólo me dedico a sentir, musitar tu nombre cada vez que una corriente eléctrica recorre mi interior.

El clímax, cada vez más cerca, cada vez más fuerte me invade. Mi espalda se arquea, un grito ahogado en placer se escapa sin poderlo evitar. Subes a mi altura, me abrazas por detrás mientras nuestro corazón vuelve a la normalidad. Besas mi cuello y mis hombros cástamente. Me envuelves con tus brazos. Estás ardiendo, siento tu pecho subir y bajar de agitación. Las velas se han consumido por completo, nos devora una oscuridad abisal. Te remueves en la cama, nos cubres con un par de sábanas y regresas a donde estabas.

Aún no conseguía procesar, decodificar, archivar, todo lo que había ocurrido. Mi mente estaba en blanco, me sentía agotada. Podía sentir tu fuerza al abrazarme, y a la vez la delicadeza de no hacerme daño…me sentía protegida…

-¿Estás bien?
-Mejor que nunca, corazón.
-¿Ahora ya sabes qué es lo que te haría si te tuviera a mi disposición?

Sonreí, asintiendo. Lentamente caímos dormidos víctimas del cansancio. Acurrucada en tu pecho, sintiendo en detalle tu desnudez…

Escrito por: AlexX

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La nena

Jugando a ser mujer, callada y ruborizada, en tus ojos lo veo… necesitas algo, necesitas a alguien. Sé como mueves tu lindo trasero cuando estás sentada y sé como te muerdes el labio.

Chupas tu dedo y te pones provocativa como si mujer fueras…Solo una nena, solo una nena… a la que me encantaría romper pero no quiero, a la vez no quiero hacerlo. Me has dicho que follar es tan rico. Te pones lencería prohibida a tu corta edad  y no sabes ni siquiera cuidarte a ti misma… Con gusto pondría mi boca en tu vulva mientras orinas. Eres tan pura, tan impura… tan idiota… quisiera romperte alguna vez, solo alguna vez, nena.

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